Rito Espiral

La Guardiana del Fuego.

 

En el silencio inquebrantable del templo, ensimismada en las llamas, estaba esa mujer conversando con el Fuego. Yo la observaba con detenimiento, desde lejos y guardando compostura, respetando su misión. Era una abnegación tal, un compromiso tal, que ni mil soldados habrían podido alejarla de allí. Era evidente que lo había dejado todo, que había renunciado a todo para colocar toda su energía, todo su empeño, toda su escucha para mantener vivas esas llamas; y era evidente que mil veces más hubiera tenido ese gesto de abandono y de arrojo.

 

Tal fue la conexión que logré establecer con Ella, que pude ver a través de sus ojos. Y en las llamas, me vi, como si el Fuego fuera en realidad un espejo, que me escudriñaba las vísceras, que me escudriñaba el alma. Y pude ver, que el Fuego estaba dentro del templo, porque el Fuego estaba dentro de Ella, y por tanto, dentro de mí. Y que Ella era su propio templo, y que yo era el mío propio. Que había una santidad que nos rodeaba como un halo solemne, y que si el Fuego se apagaba, se acababa todo. Que la tarea a la que nos habíamos avocado (porque Ella y yo ya éramos una sola) era una tarea sacra, y que no le cabía a nadie más que a nosotras…

 

Si el Fuego que teníamos en frente se alimentaba de leña, ¿qué habría de ofrecerle al Fuego del templo que soy? Eso le pregunté a aquella mujer, como quien mantiene un diálogo consigo misma. Y me respondió lo siguiente:

 

– ¿Has visto esa gente caminando por la calle con sus rostros pintados de gris? ¿Los has visto deambular por sus propias vidas, como mendigos de amor, como ciegos y sordos, como quien se ha perdido de camino a casa y nunca más encuentra como regresar? Están des-animados, sin ánima, como un muñeco sin batería, o un reloj sin cuerda… ¿Qué crees que les falta?

 

– Creo que son infelices-contesté. Creo que hace mucho tiempo dejaron de vivir realmente, creo que por alguna razón, dejaron de hacer lo que los hace vibrar.

 

– Ya tienes tu respuesta. Nunca dejes de guardianar tu Fuego.

 

Cuando abrí los ojos, miré a  mi alrededor. Sólo estaba el Fuego, el templo, y Yo.

 

 

El Servicio sagrado.

 

Salí del templo, un poco confundida con mi Visión. Y los vi a todos ustedes. Con Fuegos tan hermosos, con talentos tan grandes, con Medicinas tan poderosas… Muchxs de ustedes vibraban. Muchxs de ustedes no. Para muchxs urgía mirar hacia dentro, para reencontrarse con las cenizas frías, y volver a colocar una pila de ramas secas, y unos cuantos maderos, y generar la chispa, y arder… Pero claramente estabamos allí para ayudarnos en eso. Todxs estábamos allí, compartiendo las calles, las casas, los teatros, las oficinas, porque precisábamos tejernos de alguna forma. Porque lo que yo precisaba, tú lo tenías, y lo que yo podía ofrecer, para ella era menester, y lo que ella poseía, quizás ayudase a encender el Fuego de él, y lo que él vibraba, a ti te sanaba…

 

Entendí que nadie está solx, y entendí el por qué. Entendí que la Medicina que nos compartíamos, en realidad iba a parar toda a un mismo foco, que es nuestro tejido, y nuestra historia. Y así, cada vez que alimentamos el Fuego interno, estamos en posición de alimentar ese tejido, colocándonos a su Servicio. Hemos venido a Servir, habiendo servido a nuestro propio Fuego.

 

 

 

La Mujer Árbol.

La Mujer Árbol es la maestra del servir. Sabe cuán importante y fundamental es su Servicio, y por eso finca sus raíces en la Tierra, para afirmar, para erguirse, para hacer todo cuanto debe ser hecho aquí en este mundo de materia para que su Servicio sea impecable… Pero ha caído en la falacia de creer que no existe nada más allá de su propio control, y el Gran Misterio se ha expresado. Le ha mostrado que su capacidad de co-creación ilimitada precisa sí de su impecabilidad, pero que hay una parte del Misterio que siempre será el enigma que es, y que con eso debemos aprender a fluir. El Gran Misterio le recordó a la Mujer Árbol de sus ramas, y le enseño a soltar y confiar, allí donde todo ya ha sido hecho con maestría.

 

Sólo en equilibrio entre nuestras raíces y nuestras ramas es que es posible el Buen Servir.

 

 

 

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Autora

Lorena Butrón
Mujer del Clan de la Palabra, viajera, artista, terapeuta holística, astróloga y facilitadora de círculos de mujeres. Mulher do Clã da Palavra, viajante, artista, terapeuta holística, astróloga e facilitadora de círculos de mulheres.
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