Rito Espiral

El reflejo en el espejo.

 

Cuando la humana abrió los ojos, encontró delante suyo un espejo.

 

Había pasado mucho tiempo con los ojos cerrados, porque era la forma que había encontrado para poder mirarse para adentro. En todo ese tiempo había sido testigo de mucha cosa en su interior, que había logrado escudriñar muy bien, de forma minuciosa…

 

Entre esas cosas, había incluso encontrado leños a medio quemar dentro de un círculo de piedras, y comprendió por qué se sentía tan desanimada… Rezó a las 4 Direcciones, re-encendió el Fuego, ofreció tabaco, y se hizo la luz y el calor dentro de sí.

 

También había encontrado, en esta mirada hacia dentro, monstruos y diamantes, espinos y rosas, agujeros negros y supernovas… Y a todo ello consiguió abrazar e integrar con amor; luego de mucho pincharse con los espinos y enceguecerse con el brillo de los diamantes, ¡lo había conseguido! Abrazó todo aquello que le era propio y se sintió completa…

 

Cuando abrió los ojos, se encontró en una sala vacía con aquel espejo que la observaba, y se sintió feliz, porque ahora había dos miradas en vez de una, que se encontraban, así que ya no estaría “sola”… Sin darse cuenta, presupuso que aquel reflejo podría hacerse cargo de guardianar el Fuego que acababa de encender en su interior, para continuar sintiéndose vital. Pero el reflejo no echó leña al Fuego, y su desánimo volvió como la sombra de un pájaro negro que obstruía la luz del Sol…

 

Volvió a cerrar los ojos. Sentía la negrura de aquel ave entre los dientes, tiñiéndole la lengua, los párpados y las manos. Sentía el frío calándole los huesos. Y sin brújula ni antorchas, descendió hacia adentro guiada por la tristeza… Luego de mucho andar en caminos sinuosos y confusos, volvió a encontrarse con el círculo de piedras, los leños a medio quemar, y la ceniza ya helada. Busco ramitas y ramas a oscuras y a tientas, rezó y ofreció tabaco. Y la vitalidad volvió a sentirse de a poco, y el calor fue entibiando su sangre… Las rosas y los monstruos la observaban en silencio.

 

Cuando volvió a abrir los ojos, otra vez la sala vacía, pero ahora el espejo era otro. Tenía una forma más redondeada, y un marco antiguo. Creyó que el problema había sido el espejo anterior, y una vez más cedió con total entrega el mando de su Fuego interno ante este nuevo y brillante reflejo, gracias al que ya no estaba “sola”, nuevamente… Y otra vez, el frío gélido del invierno se hizo sentir, y otra vez, las alas oscuras del ave de graznido áspero y opaco cubrió toda la habitación, y el Sol se quedó afuera; otra vez…

 

El agujero negro la tragaba nuevamente, y como por una pendiente ella caía y caía. Esta vez, la ira la acompañaba de camino al vacío, que parecía no tener fondo. Pero la caída terminó, en el mismo lugar donde había comenzado su impulso por abrir sus ojos la última vez: en el círculo de piedras. Con mucho esfuerzo intentó encender el Fuego, la ira le escondía las ramitas, y le soplaba las llamas, apagándolas. En cambio, esta nueva compañera encendía en ella otro fuego, el Fuego que se lleva a bosques enteros consigo, y que destruye el hábitat de aves y ciervos…

 

Cuando, con mucho trabajo, logró discernir la naturaleza de ambos fuegos, y logró encender aquel que ilumina el camino, tomó un gran impulso y, como eyectada, abrió los ojos. Una vez más se encontró en la sala vacía, ante un nuevo espejo. Pero esta vez, con las garras afuera y los dientes apretados, no se dio ni siquiera la oportunidad de observar el reflejo, y con toda la furia, lo quebró en mil pedazos. Creía que los espejos causaban la oscuridad, cuando en realidad es la luz la que permite reflejarse… Como era de esperarse (menos por ella), el ave se hizo presente, y los ojos de la humana fueron cubiertos por sus plumas negras y filosas…

 

Todo sucedió nuevamente, como en un loop eterno… Cuando abrió los ojos nuevamente, y se encontró ante un nuevo espejo en la sala vacía, algo titiló dentro de la humana: una señal de alerta. Y percibió que si algo podía hacer de diferente, era mantenerse como guardiana de su propio Fuego. Al menos podía intentarlo, y ver si algo diferente sucedía. Y ciertamente así fue, pudo mirarse en el reflejo por largo tiempo, y observar que en él podía ver a todos los diamantes y monstruos que había en su interior también… Mas, sucede que el Fuego de aquello espejo estaba apagado ya hacía un largo tiempo, y encontró en el Fuego de la humana una chance de acercarse al calor y a la luz y encenderse de nuevo. Y el espejo tomo todo el calor para sí, y el Fuego de ella una vez más murió, y la oscuridad nuevamente se hizo presente…

 

Una vez más en lo profundo y lo oscuro, ante el círculo de piedras, lloró. Lloró porque no comprendía, y porque ya no sabía qué hacer. Tenía miedo de volver a abrir los ojos, y de no poder descifrar el enigma… Se quedó una eternidad a oscuras, perdió la cuenta de las horas, de los días.

 

Antes de congelarse por completo, intentó recordar cómo se enciende un Fuego. Ya lo había olvidado. Intentó repasar mentalmente los pasos, y con sus últimas fuerzas siguió las instrucciones que recordaba. Varios intentos fallidos se sucedieron, pero el instinto de supervivencia la llenó de perseverancia. Luego de mucho intentar, la chispa llamó el calor, y de a poquito, la vida tomó. Pero aún no quería abrir los ojos, y se quedó largo tiempo delante de su Fuego, nutriéndolo en su propia compañía. Estaba tan defraudada que creyó que era cuestión de elegir. O abrir los ojos, o mantenerse viva al lado de la hoguera… Pensó que abrir los ojos era autoaniquilarse.

 

Sin embargo, abrir los ojos es un impulso tan primal como aquel instinto de supervivencia. Algo nos lleva a abrir los ojos y encontrarnos con el espejo, siempre. Es como si el alma supiera, que en espejo se encuentra la llave para acceder a algo más poderoso que todo lo que pudiéramos imaginar en soledad…

 

Quizás siglos habían pasado ya, cuando fue movida por ese impulso primal y en contra de sus propios miedos, a abrir los ojos nuevamente… Los abrió despacio, en cámara lenta y el corazón en la boca. Delante de ella, un espejo, y la sala vacía a su alrededor.

 

Se aseguró de cuidar su Fuego interno, mientras se acercaba lentamente a su propio reflejo. Espió disimuladamente a través del infinito del reflejo… y vio un Fuego, muy parecido al de ella. Con mucha parsimonia, toco el espejo con su dedo. Y la yema de su dedo se juntó con la yema del dedo del reflejo, que también se movía lentamente, con cuidado. Y al tocarse, la luz se hizo, una luz más intensa que la de su propio Fuego y del Fuego del reflejo juntos… Ambos se asombraron por el hallazgo… y sonrieron. Y danzaron, y ambos aprendieron a dejarse llevar por el movimiento del otro, y descubrieron que eso era muy hermoso y divertido… Y aprendieron a ser Uno, sin perder de vista sus hogueras, creando un tercer círculo de piedras para albergar el Fuego de la fusión entre los dos, que ambos alimentaron juntos. Y percibieron que ese tercer Fuego era su Creación, y así repitieron el acto por el cual todos los fueguitos fueron alguna vez creados… A veces pierden el equilibrio en la danza, y un Fuego se queda más chiquito que el otro, entonces deben cerrar un ratito sus ojos, para balancear la danza. Pero saben que cuando los ojos se abran, seguirán co-creando…

 

 

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Autora

Lorena Butrón
Mujer del Clan de la Palabra, viajera, artista, terapeuta holística, astróloga y facilitadora de círculos de mujeres. Mulher do Clã da Palavra, viajante, artista, terapeuta holística, astróloga e facilitadora de círculos de mulheres.
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